9.8.12

**Disfrazados de abrazos**

No hay cosa que más enganche o incomode, a partes iguales, que un abrazo. Un gesto, tan solo, que es capaz de hacerte creer y caer en esto que yo considero un acto de fe casi prohibido: el amor.
Estar tan cerca, más en mente que en cuerpo, va en contra de todas las reglas del juego lechucil. No hay fuerza que pueda con ese lechuzo capaz de estrangularte y estrujarte todos tus huecos, sin más, no hay más espacios, ni para el aire ni para la inteligencia. Sin tiempo: silencio y un abrazo.
Es una lucha en la que nunca he conseguido medalla y los diplomas olímpicos, casi que mejor los gano en otros campos, más esforzados, al menos, y mucho más típicos y comunes. Esas pruebas me dan menos miedo. Una lechuza es capaz de saltar hasta los dos metros, con pértiga o sin ella (cosa de gustos).
Mientras, con un abrazo, a una le entra una ceguera tonta que es aún más inverosímil que la fe religiosa. Veamos, ventajas de creer en un ser superior: el camino duro se viste de más sencillo. Ventajas de creer que ese que te apechuga y fusiona entre las alas siempre te amará o que te ha amado: una idiotez que te conduce al arrepentimiento o a un engaño convencional.
Mas, ay, me enganchan los abrazos, sobre todo cuando ni un poco los espero. Un chute de energía, de gas natural, de salvajismo animal en plan suave. Es tal lo que uno siente, que podemos convertirnos en creyentes, en frágiles criaturitas preparadas para el tropiezo. Zas, plas, ummmm.

2.8.12

**Ojos de gato, manos de amor**

Muchos han cantado a los mejores cachitos de una mujer: ojos de gata, cabellos dorados, morados o negro azabache, pechos y piernas de otro mundo... Pareciera que es fácil lo de vernos por partes, no sé si por demasiado compleja o curva nuestra verdad, cuerpo o mente o porque los lechuzos se conforman con mirarnos bien fuerte algunas zonas, de agarrarlas ya hablaremos, depende de lo mucho que nos apetezca sufrir, sentir dolores, sudores y marcarnos sus manos. ¿No os parecen bellas sus manos? Nadie se sorprenderá de que los ojos de un buen semental, incluso de alguno malo, siempre tengan dónde ir. El camino es fácil de ida y menos de volver.

Y todo esto para comentaros un estudio genial: los hombres nos miran y no nos ven. ¡Sorpresa! A ver, ven unos ojos, unos labios, un torso, la cintura... la espalda... Y malo será que una no le valga.
Tiene su gracia esto de la descomposición, así, pensando, yo podría sumar un trocito por aquí, otro por allá, y me saldría uno de esos lechuzos que se merezcan alguno de mis errores. ¡Qué ilusión! Estoy pensando en comercializar el pegamento que haga que no se despegue ese sueño. Sí, sí, yo entiendo que esto no es más que verlos como objetos sexuales, como tipos carnales, como sementales sin fruto... ¿Y qué? Ellos lo hacen sin querer, es su cerebro así, desde... siempre; yo solo quiero hacerlo queriendo, y solo es por no fallar, para ser feliz, pido para mí y para... ellos. Otro punto que no me sorprende del estudio sesudo es que dicen, fíjate, que nosotras también nos percibimos por partes, ja, ¿sabéis por qué?, para compararnos con la competencia.

¡Me voy a por la motosierra, mejor no os digo lo que he visto! ¡Ay, mi hombre hecho en cachitos!

26.7.12

**No siempre decir que no es decir que sí**


Algunas de nosotras, por eso de estar acostumbradas a soltar un no de vez en cuando, como si fuera el dios que nos puede conseguir mayores atenciones o puestas en escena más propias de películas de amor, confundimos un rotundo “no”, que en versión lechuzo suele venir en forma de silencio, con un: “pobre, no sabe lo que quiere, tiene miedo, lo intimido, cuántos problemas tendrá en casa para dejar sin respuesta mis mensajes, llamadas o gritos de desesperación”. Sí, lechucillas, nuestro interés equivale a agobio para la otra parte, a risas o síntoma de “esta está perdida por mí”, y bien es sabido que la pieza a cazar no solo tiene que ser interesante, sino que ha de hacerse desear (lo justo, eso sí, que la caza también tiene ganas de saber a alimento y relamerse).
Y en esto, por mucho que haya cambiado el concepto del amor y de las relaciones, siglo va siglo viene, abuelas y nietas, hijas y madres han sufrido lo mismo: de simples que son, no se les entiende. Un no es un no, ¡qué criaturas los lechuzos, tan extraños, tan poco dados a la matización! Con nosotras, un no necesita de al menos un dos: el tú que lo diga y el él que lo crea y, en el medio, siempre queda un tal vez.
Si lo suyo es un no, tú solo tienes una salida: orgullo, corazón, mucho orgullo, menos líos y más mantas, atadas a la cabeza, en los pies o asiéndote enterita para quitarte la maldición del frío. Eso sí, un punto fundamental en esto de los noes es saber si al moreno le ronda por la cabeza del “on-off” otra rumbosa que bien se quiera, entonces sí, puede que algún día la querida pase al “no” y el niño se sienta solo o te le cruces toda mona y se le calienten los síes más abajo de la boca, mas deja gusto a rancio tomar lo que otra deja.

19.7.12

**Para el calor, me pillo un remo**

Aquí te pillo y te remato y te reviento, es lo que tiene el calor, que una se levanta con semejante espíritu y con ganas de asir un remo tan corriendico... pero un remo de agarrarte los músculos y abrirlos de palmo a palmo, un remo con el que navegarte y cumplirnos en amores, da igual que sea con hielos o que el chocolate nos levante pegados entre lo oscuro. Mojados, pringosos y tan cristianos que nos atan las cadenas y nos ponemos a besarnos las cruces y cada una de nuestras gracias.

Sé que así una pierde la consideración de princesa, por lo bruta y por, tan solo, pedir a un perro que me ladre, mas el verano es así... una pierde vergüenzas, ropas y rencores hacia lo masculino y adelanta el camino no pidiendo nombres y menos recordando a los amantes discretos, pues más de una lechuza considera el verano el tiempo perfecto para apurar lenguas, bocas y palabras que levantan sonrisas entre humedades de bodega y esquinas oscuras de luna. Después... solo toca explicarle al sol y brindar con zumos de uva, cervezas frías y esa parte que los lechuzos tan bien ponen, terminada la espalda, como un paso de cebra abultado que invita a pasar y tocar.

Unas prefieren espalda, otras prefieren pechos desnudos, pies con vaqueros y arena, culitos prietos, manos, una voz, varios sudores o un perfume. Yo tengo mi debilidad entre varios huecos, unos me dirigen desde los hombros al cuello, otros son como marcas de mis dedos haciendo surcos en sus caderas. ¿Cuál es tu parte?

Serán los años, los juegos, los conocimientos o que cada vez una es más bruta, pero siento que la selección va por partes, cachitos de cuerpo, cachitos de días, cachitos de conversaciones... mas todos cachitos míos y de alguien.

** LAS LECHUZAS PUBLICADAS **

 
masdeseisosiete