22.12.11

**Por qué se casan los que se casan**


A mí Papá Noel… ni fun, fun, fun, ni na de na. Pudiendo tener tres científicos montadores de camellos, quién querría a un señor barbudo y que aparece una vez al año, te deja el regalo y se va, cual malvada cigüeña de París. Al menos los Reyes se lo curran con un largo trayecto de fríos y calores intensos, arriba, abajo, a un lado y al otro, hasta que encuentran la estrella. A pesar de no ser la fecha de su llegada; por la cercana Nochebuena, voy a cumplir una promesa: dedicar estas caricias en prosa tan propias de mí a esos señores que lo son por ser casados. ¡Qué no hay casado bueno! (conozco uno y no es el papá ese soso del jojojo).

Forzada por peticiones varias, lo intentaré, sin ser yo la más indicada para comentar algo sobre los “pillados con anillo”, no por eso del alimento prohibido o desconocido, más bien por no ser amiga de los amarres, pues de algo de brujería tienen que entender esos que consiguen que las lechuzas dejen de mimarse a ellas mismas para dejarse por otros.

Madurez, aburrimiento, romanticismo, hipoteca, ese reloj biológico que desgarra los cuerpos femeninos… hemos escuchado de todo, estas descarriadas solteras, como excusas de las orgullosas mujeres casadas que ya tienen a su hombre ¿seguro? para ellas solitas, que las musas existen, pero no se tocan.

En Navidad, luces y niebla, el buenismo se apodera de mí, maldito, y entre el recuerdo de algún amor y el olvido del siguiente, creo ver un motivo para el matrimonio: ganas de cuidar y ser cuidado. No nos engañemos, en lo bueno, cualquier lechuzo mono, detallista y ágil puede hacerte feliz y tú a él; en lo malo… solo las mujeres aguantan sin amor y ellos… conocen el verbo, pero no lo conjugan. Los hombres tratan la estabilidad que les llama desde los treinta como una petición del alma y, por no variar, se acomodan a la que se cruce en su camino y esos cruces traen el descruce en cuanto la cruzada se deje de querer por ese, su hombre.

Y comieron perdices hoy, mañana tendrán que sobrevivir a las malas rachas, a los amigos, a las partidas de pádel, de cartas, de mus; al sexo sin ganas, a la testosterona, al mercado de valores, a la desgana, a los hijos, al desgaste, a las ganas de sentirse vivo con la conquista… Pero lo siento, si conoces sus defectos y aún así quieres compartirlos, no escaparás al amor. Piensa que si él no te hace feliz... siempre quedará un otro o ellos.

15.12.11

**Átame o saldré corriendo**




Si un hombre huye cuando o durante surge el roce, el arremeje o algo de amor… puede que sea un cobarde o que sufra algún mal de esos que gustan silenciar y tema no cumplir con otro cuerpo. Así no hay llama ni alegrías ni fracasos.

Para la mujer, es más el temblor de piernillas el que gana a las que corren, a no ser que escapemos del típico admirador pesado, Maroto el de la moto, que no habla, pero tampoco deja que sus ojos callen. Nuestro lenguaje corporal, como cualquier otra forma de hacernos entender, es evidente: si mis pies te señalan, si mis senos afirman las marcas de mis manos o doy la vuelta y escapo… ahí están mis quereres. ¡Qué miedito!

Pudieran pensar, quienes me lean, que hablamos de amores de adolescencia, ¡nada más lejos! Cuando una lechuza tiene que disimular sus nervios o escalofríos de color carmín, suele ser una herencia de desafectos pasados, masculinos y propios. Escapamos de mentiras, de daños y engaños, por lo que salir corriendo, literal y metafóricamente, solo se frena cuando un lechuzo, pin, pan, porrompompón, consigue atarte, taparte las salidas de emergencia y apaga la luz; aunque hay casos en los que la cosa se complica si, además, tiene el pobre que callar ciertos picos de oro o conseguir que no te golpees con los cabeceros de esta nueva esclavitud. Cuántas formas de comunicar y qué diferentes.

Bien sabido es que los hombres usan más su parte izquierda, la de la lógica racional; nosotras, por unir, unimos nuestros hemisferios y conectamos y requeteconectamos con sentimientos, emociones, intuiciones que expresamos entre la piel y la velocidad de los pies.

Intentaremos que los zapatos, al menos, señalen siempre hacia el frente, por lo que vendrá. Siempre y cuando sea mejor.

8.12.11

**Un hombre que te haga sombra**




“Elige a un hombre que te haga sombra”, una aliteración varonil que, por más que parezca sencilla, resulta misión incompatible con la vida moderna. Y a ver cómo le explico yo a mi abuela que su mandato puede resultar una búsqueda eterna para esta pobre lechuza caída del cielo.

Pertenecer a la generación del Cola Cao es agradable para ciertos sentidos: gusto, sin duda, ¡qué corra el azúcar sustitutivo de tanta felicidad!, y, en ocasiones, la vista y el tacto, pues hermosas figuras, por corpulentas, pueden decir que de buena infancia vinieron esos fangos propios del Jardín de las Delicias. En definitiva, taparnos el sol y seducirnos con un ñu aún está en sus manos y siempre nos quedará un buen desayuno, ¡ñañ!

Pero mis mayores, esas dominadoras del poder de la palabra de Scheherezade y de la paciencia de Penélope, imagino que querrían para sus nietas un todo: sombra física, para el buen comer, y sombra mental, para tener contrincante digno de mirar para arriba ante tanta arma de mujer mujer.

Y con los tacones vino el dolor, porque a la altura hay que acompañarla, si no se pretende a una araña sin patas, y a la potencia cerebral habría que darle frascos contundentes… quién dijo miedo si toca un todo.

Solo hay un camino para el corazón de una lechucilla, y no es el complicado tormento, sino el grande y recto ¿No es cierto? Tenemos sexys, encantadoras, pícaras, tímidas y serias intimidadoras de tacones. Intentaremos no rompernos el paracaídas, al menos una vez.

1.12.11

**Polvos de miel para la boca del asno**




Tú eres hombre para mí, yo soy mujer para ti, pero que me dices de tu boca... ¿se merece tanta miel? Los príncipes no paran de sufrir metamorfosis, de cucaracha a asno. Busca, mi lechucilla, quién prefieres que sobreviva entre tus venenos, porque azules no nos quedan en la lista de Ovidio y algo te tocará perder de tus sueños, eso seguro: si quieres un amigo, acuérdate de que se olvidará de ti cuando pretenda algo más que charlas, fiestas o compañía.

Si la diosa Tique desaloja sobre tu cabeza la fortuna de la pasión y te vas quedando flaca de tanto amor, perderás las miradas del día a día y vivirás realidades prosaicas, aunque profundas, limitadas por el espacio de páginas que no pueden lucir en blanco.

Luego tienes el amor que llena versos, ese que descarrila locuras, que deja tantas cicatrices como espacios en blanco, que suena a desengaño, tarde o temprano. ¡Vete de mí, silbato, pitido que no se va, que rezumba en los oídos de las pobres ilusas! Pero qué noches... nieblas, fríos, heladas y orejas, calientes...

Los lechuzos, está demostrado, piensan más que nosotras en comer, en dormir, en volver a dormir y en conquistar otro cuerpo (¡ay, si fueran dos!), y en este porcentaje nos ganan, 19 veces al día, frente a 10 que dedicamos las lechucillas a imaginar noches de luna y sol alrededor de una estampa morena y fina de caballero.

Significativas las preferencias masculinas, ahora que hay datos, tendremos que guardar a los raritos (si los hay) en cajitas de algodón o soltarlos para que luzcan y reluzcan por las calles entre tantos pensamientos masculinos, ¿y si compartimos? Más de lo mismo, pero en dosis pequeñas, para mayor aguante lechucil. ¡Qué aburridos en su semejanza!

** LAS LECHUZAS PUBLICADAS **

 
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