27.5.11

**Una minifalda en el Oeste**


A veces, a una le da por recrear… y pasa por su mente la imagen del puro macho, que, no sé por qué, se me aparece en blanco y negro, al estilo de una película de John Ford: invencible, bravo, conquistador y grande, “mu grande”; no hay duda: el ‘Duque’, el gran John Wayne. Yo, a pesar de su contundencia y de esa rara habilidad que tengo para huir de todo lo que restriegue testosterona, me dejaría guiar por una “diligencia” de tanto empaque.
Imitado por su seguridad y arrogancia, pocos han sabido apoderarse de esa dualidad tan tremendamente atractiva: capaz de desgarrarse por amor, sin intimidarse o espantarse, y duro como sus westerns, incluso para dominar lo inconquistable. Tan latina era su forma de ser que las tres veces que se casó, tres, Panamá, México y Perú le dieron sus esposas. Perfecto para nuestros potentes genes en "noes", que necesitan lechuzos esforzados y enérgicos.
Claro que, en su época, era fácil ser valiente sin minifaldas, ese demonio fecundador que arrastra a los mexicanos hacia la perversión y los niños no deseados, que de la fuerza del gustito nada dijo el alcalde mexicano, de cuyo nombre no me acuerdo porque me nubla el intelecto mi falda corta, que ha intentado prohibir el uso de prendas que enseñen más allá de las rodillas, que luego vienen los disgustos... ¡Ay, lo que se peca por unas buenas piernas!, ¿incluso por las flacas?
Y tiene su gracia eso de que nuestros hombres no puedan huir del sexo y la estupidez "anti-protección", cual mosquitos ante una luz. Es ver una pantorrilla… y se nos churruscan en el momento.
Las lechucillas españolas, lejos de atacar sus vicios, los entendemos, copiamos y compartimos, y no es que nos haya dado por la golfería de repartir nuestra carnalidad en dos, no. Son ellos, ni la primavera, ni el polen, los lechuzos nos van provocando. Ajustaditos y depilados hasta las cejas. ¡Ay, pobres vaqueras acorraladas entre indios que rezuman calor! ¡Qué prohíban los sueños, las piscinas, los hombres atractivos y eso que llaman amor!

22.5.11

**¡Qué desgraciadica, tú eres!**





Para lucir nuestro cuerpo… ¿mantones? Y esa es nuestra desgracia, que chulas somos un rato, pero, si hay que lucir, ¿lucir, para qué? Si hoy lo que está de moda no es la jornada de reflexión, precisamente, sino el chonismo, tanto que parece que muchas están deseando encontrarse con un tigre “que se lo coma to”. No hay nada como quererse mucho, es cierto, y reinas todas se han creído del estampado fino, de las joyas plastificadas y de los taconazos de calidad. Y a su vera surgen los jóvenes de gusto impoluto, temerosos de no tener fuerza para levantar tanto oro.

Lo confieso, en nuestras manos no valen los espejos de madrastras, que defectos tenemos y sabemos lo que debemos y lo que no debemos querer. Nosotras, sencillas, no buscamos entender de buenos amores ni de pasiones de morirse, que ya con tanto mirar y mirar bastante nos desgastan los huesos los lechuzos, y está la cosa como para pedir más que un simple roce.

Imaginad que un día se nos enamora el alma de uno de esos que vemos que pierde la vista por tanta llama encendida, ¡cuidadito que quema! Lechucillas, si lo veis pasar una vez, dejadlo, una segunda, consideradlo y, si llega la tercera, comprobad que haya boca para tanto pico. No hay dos sin tres, dicen, y mis dedos ya están en señal de victoria, por si queréis seguir amando.

Sé que es duro tenerlo todo y sé que es más duro solo llegar al “casi”, mas son tristes los finales de quien tuerce el viaje e intoxica su futuro a fuerza de solo pedir y dar lo acostumbrado. Tanto cigarro muerto y cuerpos desaprovechados y tan poco mechero…

12.5.11

**El pichurri, la esponja y un baño**




Ciertos lechuzos, tan sencillos y primarios, aún no le han visto los encantos a los baños, huyen de mirar por debajo de sus faldas de falsos techos, ¿qué es eso de ocultar la realidad entre halógenos y alicatados? ¡Con lo fresco que está pichurri al aire!

Así, al liberarse mojando una ciudad plena de oro líquido, se han adelantado a la filosofía de las lechuzas más aventajadas: no hay trabajos, amores ni problemas varios que nos empujen contra esos cuartos de la luz para ocultar lo que somos. ¡Quién quiera algo, que salga a la oscuridad! Focos, espejos y azulejos más guarros que ellos, no, no, no; ya nos vemos en casa limpicos, que la suciedad nos quita el sentido del tacto y pocos lechuzos se lavan sus mentiras tras ir a mear: y no dejan de sorprendernos…

Y es que es mucha la importancia de ese excusado terrenal: cerrado a lo de fuera, sin ventanas, o pocas, perfecto para ocultar tantas cosas… Muchas dejan allí sus penas, sacando dientes y limpiando sudores para conseguir que la soledad se olvide de todos esos trancos que nos autoimponemos. Otros eligen sus esquinas para dejarse llevar por eso que llaman amor o para olvidarse de que el suyo es “oficial” y va “pa’boda”; algunas prefieren esponjas de fresa con pilas para hablar entre cremas y ardores y luego están los que, de tan machos y de tanto quererse, los huyen y confunden la calle con la verdad e impulsan lo que son mezclado con su adorable orín, regalando perfumes de realidad masculina y nauseas diarias.

A más meones de calle, menos pichurris de interés…

5.5.11

**¡Qué te quiten lo bailao!**



Mala, pésima, de vergüenza la canción que nos representa en Eurovisión, ¡ay, madrecita!, menos mal que nos envidian por eso del fútbol y que siempre nos quedarán Nadal y Contador, porque, con estos barros… pasamos de cuna a pozo de la literatura.

Pero, aunque ni la letra ni la música en cuestión consigan ni un recuerdo de lodo, eso de que “me quiten lo bailado” sí forma parte de la historia de esta que vuela y escribe y de tantas y tantas lechucillas, migratorias y de nidos románicos. Hay tantas cosas que merecen la pena del pasado: lentas, eternas, rápidas y tan fugaces que no dan ocasión para el arrepentimiento, y quién te ha dicho que fueran malas por no durar, porque te cansaras de su poca labia o porque él no pasara el control de calidad… Si aún sonríes, te sofocas o imaginas una buena repetición… ¡qué te quiten lo bailao!

Lo único que nos machaca los buenos olvidos es la fe, creer en cosas que no entendemos o que no conseguimos por demasiada razón o “sinrazones”. Luego vienen las fiebres primaverales y los desmayos del otoño, que el frío es muy malo para el que sabe qué querer es el que quiere. Mas ahora, que aún son más los daños que los años (sin arrugas ni marcas de expresión), todavía podemos ser curadas de las cargas sufridas y por sufrir, descongeladas a lametazo limpio, compensadas, porque el dragón que remedie estas heridas, buen lamedor será.

Duales, perdidas, arriesgadas, de boca espabilada y engañosa, no olvidéis que la química solo necesita un tiempo, una espera silenciosa y reposo: 1, 2, 3… y explota, tiembla y palpita con surrealismo abdominal. ¿Y, ahora, qué?

** LAS LECHUZAS PUBLICADAS **

 
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